El mapa del mundo se está jugando a menos de dos horas de Lima. Por un lado, China inaugura y consolida el megapuerto de Chancay, convirtiendo al Perú en su puerta de entrada favorita a Sudamérica. Por el otro, Estados Unidos reacciona reimpulsando el Escudo de las Américas para no perder terreno ni influencia en la región. Sin buscarlo, terminamos parados justo en el medio de una disputa entre superpotencias.
La gran pregunta que debemos hacernos como país no es a quién elegir o de qué lado ponernos, sino algo mucho más básico: ¿tenemos la capacidad para negociar con ambos sin que nos pasen por encima? La diplomacia peruana suele responder con el cómodo argumento de la “neutralidad”. Pero cuando dos gigantes miden sus fuerzas, quedarse cruzado de brazos no es ser neutral: es pecar de ingenuos.
Al analizar la gestión pública frente a los desafíos geopolíticos, entendemos que el desarrollo no llega solo por firmar convenios o tomarse la foto con líderes extranjeros. De nada sirve tener el puerto más moderno de la región si las carreteras de acceso están colapsadas, si no fiscalizamos con firmeza o si no sabemos qué beneficio real le va a quedar a la ciudadanía.
El verdadero peligro para el Perú no es la inversión china ni las alianzas con Estados Unidos, sino nuestra propia falta de rumbo. Es momento de dejar de ser espectadores pasivos que observan el conflicto desde la tribuna. Nos toca actuar con astucia estratégica: ni subordinados a Washington ni alineados ciegamente con Beijing, sino un país soberano que sabe defender lo suyo.


