¿Quién está al mando? ¿Alguien define la marcha de la economía, de la política, de las ideas? ¿Los presidentes, los millonarios, los militares, los influencers? ¿De quién dependemos al fin y al cabo? ¿Quién nos puede decir si hay algunas reglas o algunas normas que seguir cuando los principales líderes políticos del mundo las han roto todas? Estas fueron las preguntas que una novela se hizo hace un siglo. La escribió un hombre que vivió apenas 41 años. Un judío nacido en Praga, un marginal, un descastado, un muchacho aplastado por la autoridad de su padre.
Franz Kafka empezó a escribir “El Castillo” cuando llegó a una instalación turística en la montaña de Spindlermühle. Acababa de sufrir un colapso nervioso. “El Castillo” es la historia de un agrimensor (alguien que registra y mide los terrenos) que llega a una región nueva. Sabemos poco de este hombre. La gran hazaña de su vida es que cuando era niño, subió un muro que parecía muy alto. Está casado, tiene un hijo y se dedica a su trabajo. Busca mejorar su situación. Como buen personaje de Kafka, es un cualquiera. La primera frase es puramente referencial pero abre un universo: “Era ya tarde en la noche, cuando K llegó al pueblo”. K se aloja en una posada con un nombre irónico: “El puente”. Va en busca de sus jefes funcionarios. Nunca los encuentra. Los líderes, los dirigentes son seres extraños y perdidos. Solo aparece por allí un gato negro. Mientras tanto, los personajes que lo rodean van contando sus propias historias. Los tiempos se difunden, hay retrocesos y avances. El laberinto de la narración refleja el laberinto de la realidad. El castillo está en lo alto de una colina. De lejos se ve bien. Pero si uno se acerca, puede comprobar su deterioro. Los poderosos de la tierra solo parecen serlo a la distancia. Cuando uno los conoce, se reflejan sus grietas.
En el inicio de la década del veinte, con el avance de la tuberculosis, Kafka fue abandonando el libro. Sería el último. En la edición que circula, la novela acaba a la mitad de una frase. La señorita Bürgel le informa al señor K acerca de algunos trámites que debe hacer. Y luego la frase se interrumpe. No hay un punto final. La sabiduría del libro está ligada a esta interrupción. Es un mundo a medio hacer. Una frase a medio terminar. El castillo es inaccesible. En realidad es oscuro y está vacío. Nadie está al mando. Aunque siguió buscando, K ya lo sabía.
Kafka se refirió con más precisión que ningún otro escritor a la soledad de los seres humanos. Y ahora, en un teatro de Lima, Bruno Odar, Lucho Tuesta y Mateo Chiarella le dan una vida extraordinaria a otro personaje kafkiano. En el monologo “Informe a la Academia”, interpretado maravillosamente por Odar en el teatro Ricardo Blume, un mono nos cuenta cómo es que se hizo hombre aprendiendo sus mañas. Se trata de un espectáculo conmovedor, jocoso y dramático. El mono Peter, El Rojo, está herido pero ha logrado salir de su estado de prisión. Ha aprendido las mentiras de los hombres (dar la mano, por ejemplo) para encontrar “una salida”, para escapar. Sentimos por este personaje una ternura y una solidaridad solo comparable a la que nos inspira K o Samsa. Todos los seres solitarios y desconcertados de las pesadillas reales que los sueños de Kafka precisaron.

