La señora Fujimori cumplió este jueves cien días en el poder y, de acuerdo con una tradición un tanto arbitraria (que había ofrecido respetar), presentó un balance de lo que va de su gestión. Particularmente, de sus presuntos logros. El tiempo transcurrido, sin embargo, es poco como para que una administración tenga realmente algo que mostrar y así el número redondo se convierte fundamentalmente en un pretexto para que derrotados y opositores puedan proclamar en tono de fecha solemne lo que venían murmurando desde el 29 de julio: el gobierno “no ha hecho nada”. Es el mismo espíritu que los llevó a querer censurar a algún ministro de manera precoz y negar de plano todas las facultades legislativas solicitadas por el Ejecutivo. Cierto es, no obstante, que la mandataria se ha demorado en siquiera poner en marcha las cosas a las que se comprometió de modo perentorio en su mensaje inaugural. El derribamiento de las antenas que permitían la comunicación de los internos en diversos penales con sus secuaces del exterior – una medida que sin duda debe contarse entre sus méritos – pudo, por ejemplo, haberse hecho antes. Los trabajos de prevención ante la llegada del Niño, por otro lado, lucirán siempre insuficientes cuando el cielo se desplome sobre nosotros y no faltará quien asegure que era posible acelerarlos, pero eso quedará eternamente como una interrogante sin respuesta.
Sea como fuere, en su afán por enumerar aciertos, la presidente afirmó: “Por primera vez en más de cinco años, los analistas económicos que consulta el Banco Central vuelven a proyectar que el Perú crecerá 4% por los próximos años. Los empresarios no se sentían tan optimistas sobre la economía de los próximos 12 meses desde hace muchos años”. Un hecho innegable, desde luego. Aunque no necesariamente consecuencia de acción alguna del gobierno.
—Drume, chinita—
Dos años atrás, Andrés Oppenheimer lanzó una sentencia que, si bien había sido ensayada antes por otros, causó en ese momento un gran impacto. “El Perú – dijo él – crece de noche, cuando los políticos duermen”. Una forma de aludir al daño que le infligen a la economía las intervenciones de quienes dominan distintas parcelas del poder, ya sean alcaldes, congresistas o presidentes. Arrastrados por un frenesí populista o por su ignorancia, todos ellos establecen requisitos, dictan prohibiciones, conceden exoneraciones y homologaciones, extienden ‘reinfos’ a los mineros ilegales y salvatajes a Petroperú… Ocasionan, en suma, que la gente de a pie abra cada mañana “El Peruano” con una mezcla de temor y resignación para descubrir qué nueva barbaridad va a determinar que su trabajo se haga más difícil o que el producto que obtiene de él se le escape de las manos. Por lo tanto, cuando la fiebre de los políticos por interferir con el esfuerzo de los peruanos por labrar su propio bienestar descansa, ese esfuerzo avanza y el país crece económicamente.
Ahora bien, negar la vena populista de este gobierno sería absurdo. Ahí están el aumento de la Remuneración Mínima Vital y las medidas económicas “contracíclicas” (en un contexto en el que ni siquiera existe la coartada de la recesión) para demostrar su existencia. Pero a esta pequeña columna no le cabe duda de que con el “panetón” Sánchez o Porky habríamos estado peor. En ese sentido, podría decirse que el mayor beneficio que hemos obtenido de la gestión de Keiko hasta hoy radica en las cosas que no hizo, en las medidas que dejó de tomar mientras dormía… Hagamos por eso mejor un balance de sus cien noches en Palacio, y cantémosle bajito y de manera afectuosa aquella canción de cuna que inmortalizó Bola de Nieve. Con alguna variante, quizás.


